viernes, 24 de diciembre de 2010

El atravesado

Autor: Andrés Caicedo

   ¿Es que le digo una cosa, mano? Matar a una persona es fácil. Hagamos de cuenta que usted está aquí,  a dos metros, y me ataca. Yo lo puedo cascar en serio de, voy a decirle, siete maneras.Suponga que se me tira a la cara. Yo lo agarro del brazo y lo volteo de espaldas en un sólo movimiento, fracturándole codo y antebrazo. No le digo mentira. Y si quiero, le subo el brazo hasta la nuca, safándole las vértebras cervicales. Claro que se necesita un movimiento fuerte, seco, seguro, pero no más de un movimiento. Allí puedo golpiarlo arriba, en la cabeza, con los nudillos, tóqueme los nudillos. O con los dedos corazones debajo  de las orejas, tóquese y verá que tiene como un punto allí muy sensible, ¿cierto? Un buen golpe dado allí y le dejo el cerebro como una lechuga. Claro que antes puedo haberle dado un golpe en la quijada, que dado en forma, donde es, le subo los dientes superiores hasta que se le entierren en el coco. Si le doy con el dorso de la mano debajo de la nariz hago lo miso, pero más fácil, más fijo, y menos doloroso. O supongamos que una vez que le he fracturado el brazo y las vértebras cervicales, le suelto el brazo y usted, claro, se me cae, pero antes de que toque el suelo le asesto golpe seco en la nuca. Y ai queda. También puedo cascarlo feo dándole en el esternón, metiéndole los dedos donde terminan las costillas, agarrar bien y jalar duro: le arranco íntegra la caja toráxica. Un golpe bien dado en cierto punto del talón es muerte instantánea, porque sube un corrientazo brutal al coco, pero esa parada aún no la he aprendido a terminar bien. ¿Quiere que le dé un consejo, mano? Cuando se enfrente a un man bien tieso haga lo posible por evitar el golpe. Es preferible que le hagan dar tres vueltas a que lo golpeen. Los mancitos que andan por allí de braveros, dándose totes a cada rato, no saben golpiar. Pero un golpe bien dado es fatal. Fatal. Si el ma es tieso como le digo (a los manes tiesos uno los conoce), no se deje golpiar por nada del mundo. Hágase lejos del hombre. O corra. No se meta. Si es que no puede responder, más vale que tire pacifismo.

jueves, 16 de diciembre de 2010

Los caballitos del diablo

Autor: Tomás González

La mujer es liviana como un pájaro y se ha aficionado mucho a las joyas. A él le gusta desaparecer en el abigarramiento de sus jardines y cafetales. La casa queda en el flanco de la cordillera, mirando a una ciudad que se extiende en un valle donde un río podrido se mueve sobre un lecho de cemento y el humo a veces se encajona, encerrado por montañas altas, y, lleno de sol, se queda flotando allí, confuso y brillante.
   En 1971 le compró la propiedad a una señora que vivió después en un asilo para ancianos. Lo que antes era una ciudad pequeña y distintos pueblos se había convertido, abajo, en una sola masa informe y ocre, y ya sólo se podía distinguir lo que antes fueron pueblos si en los días en que el vienot se llevaba el humero se ubicaban sus iglesias, nítidas como corales blancos entre un naufragio repartido. La señora, peor que sola en el mundo, vivía con Aníbal, su único hijo, velludo, de quien se decía que atraía a los niños con promesas de regalos e intentaba violarlos en los cafetales. El hijo siempre se opuso a que ella vendiera la propiedad y decía que él, el que hoy desaparece entre las plantas, la estaba tratando de engañar. Pero ¿quién era Aníbal para decirlo? Cuando quería beber le quitaba, a veces con violencia, la poca plata que él mismo le había dado; y sólo le traía vergüenza y disgutos.
   Cuatro cuadras de cafetales enchamizados, algunos plátanos, una hilera de pomarrosos, dos palos de limón, seis naranjos dulces y seis naranjos agrios. "¿De qué vive esta gente?", pensaba él. Le ofreció cien mil pesos y la señora dijo que no; entonces metió dos mil billetes de cien en un maletín, subió la montaña y la tentó con el billeterío, que relumbró azul en el pequeño corredor donde, sembradas en tarros de galletas, había begonias florecidas.
   Ella otra vez dijo que no; que mientras su hijo no estuviera conforme, ella no vendía.
   La tierra limitaba por un lado con una carretera asfaltada y por arriba con un camino vecinal oscurecido por los pomarrosos; otro lado daba a un pequeño barranco y el lindero de abajo, a un pastizal. Él había visto la casa y decidido que era ahí donde quiería vivir, tal vez morir. Todavía no estaba casado. Sólo tenía 34 años pero había recorrido mucho, a su modo, y se sentía cansado. Quería estar entre los árboles. Había conseguido, tras confusos y dolorosos altercados con uno de sus hermanos, una buena cantidad de tierra en el Valle del Cauca; estaba relativametne rico y ahora podía escoger cómo vivir. Del Valle traería también a Pilar, la que se parece a un ave.

viernes, 3 de diciembre de 2010

Bajo la piel de Channel

Autor: Danilo Moreno
  
   Si seguía escuchando las canciones pensando en él, si seguía guardándole la espalda, si seguía corriendo a su apartamento cada vez que las ganas me ganaran, pues ése era el camino para enamorarme de verdad. Un camino peligroso teniendo en cuenta el personaje, porque si me hubiera fijado en un man que se dejara manejar, que fuera todo noble, todo mansito, que me hiciera caso, como tantos pretendientes, pues no importaba. Pero justo tenía que fijarme en ese man todo recorrido, todo usado, todo h.p., todo tenaz, que en cualquier momento me daba una patada y me mandaba bien lejos.
   En medio de mis películas, una noche soñé que lo pillaba con Celeste, que se estaban besando... uuiiicchhhh, eso sí que me dio duro. Pero mi parcerita nunca me haría eso. Una no puede estar segura de nada, pero por lo menos eso creo. Bueno, Celeste es linda, pero no como yo. Además somos amigas y ella no lo haría. Santiago, como todos los hombres, caería ligerito... de una, eso lo sé, que si un día estuvieran solos, mmmmm, Santiago se lo pediría y se iría empelotando ligerito...
   Celeste es una guerrera, eso es lo mejor que se puede decir de mi parcerita. Una vieja que no siente miedo de nadie, ni de nada, ni a la muerte le tiene miedo. Como le ha tocado tan duro, ya tiene hasta ampollas y callos en el corazón. Ya no le come a nadie. Es una guerrera linda y yo creo que va a estar metida en este negocio para siempre. Su mayor sueño es tener el putiadero más elegante de la ciudad, eso sueña. Yo creo que así no tenga el más elegante, por lo menos vas a tener uno.
   Como es linda y guerrera, siempre hace vueltas que yo jamás haría porque son muy arriesgadas. Le encanta la marihuana como a mí, pero ama el éxtasis y el perico, y lo que le pongan por delante. Todas las noches se mete algo para estar alegre o para saber que quiere vivir otra vida. Tiene rasgos finitos en la cara, como la nariz, que es mejor que la de muchas viejas que se la mandan hacer. Bueno, las teclas las tiene operadas, entonces se le ven redonditas. Se pone blusas apretadas y no utiliza nada debajo. Se ve coqueta y con una sonrisa lo más de especial, que el que no la conoce podría decir: Qué niña tan linda. Pero como ella se la pasa diciendo. Soy una mujer viruta, o sea... entre verraca y puta.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

La vorágine

Autor: José Eustasio Rivera

   Y la aurora surgió ante nosotros: sin que advirtiéramos el momento preciso, empezó a flotar sobre los pajonales un vapor sonrosado que ondulaba en la atmósfera como ligera muselina. Las estrellas se adormecieron, y en la lontananza de ópalo, al nivel de la tierra, apareció un celaje de incendio, una pincelada violenta, un coágulo de rubí. Bajo la gloria del alba hendieron el aire los patos chillones, las garzas morosas como copos flotantes, los loros esmerladinos de tembloroso vuelo, las guacamayas multicolores. Y de todas partes, del pajonal y del espacio, del estero y de la palmera, nacía un hálito jubiloso que era vida, era acento, claridad y palpitación. Mientras tanto, en el arrebol que abría su palio inconmensurable, dardeó el primer destello solar, y, lentamente, el astro, inmenso como una cúpula, ante el asombro del toro y la fiera, rodó por las llanuras, enrojeciéndose antes de ascender al azul.
   Alicia, abrazándome llorosa y enloquecida, repetía esta plegaria:
   –¡Dios mío, Dios mío! ¡El sol, el sol!
   Luego, nosotros, prosiguiendo la marcha, nos hundimos en la inmensidad.

jueves, 18 de noviembre de 2010

Manual de pelea

Autor: Andrés Burgos

   Me llamo Santiago González. En La Andaluza, el barrio en el que vivo, y en mi casa me llaman Santiago. En el colegio de La Salle, donde estudio desde prekinder, me llaman González. Pero cuando tienen ganas de molestarme y burlarse de mi nariz me dicen Pinocho. Esto no representa una angustia para mí. Podría haber sido peor. No le doy mucha importancia al tamaño de mi nariz porque quizá mi mayor defecto sea mi bocota. Y no es que esta tenga una gran extensión.
   –No fuiste capaz de quedarte callado, ¿no? –pregunta mi papá sin inmutarse cuando me abre la puerta para que entre. Yo afirmo con la cabeza, no pronuncio ni una palabra y cada cual vuelve a lo suyo. Está acostumbrado a verme llegar a la casa exhibiendo un ojo morado, con las pupilas flotando entre lágrimas represadas o la nariz goteando sangre. Esta vez se trata de uno más de los nocauts técnicos que sufro con frecuencia. Otro producto de combates disparejos que duran poco tiempo, son pactados por cualquier motivo y no presentan atractivo para el público debido a la ausencia de emociones fuertes.
   Es de noche, mamá ya ha vuelto de su trabajo y está acompañando a papá en la cocina, en donde él pasa mucho tiempo sentado junto a su radio eternamente encendido sin hacer más que tomarse algunos tragos y mirar hacia la nada. Pero hoy no está enterrado en uno de esos largos silencios que llenan sus días. Comparte una animada, casi excitada conversación con mi madre. No presto atención a lo que está sucediendo porque me encuentro demasiado ocupado con mis propios problemas. Me quedo solo en mi habitación, mirando para el techo. Me duele más la autoestima que los golpes que recibí hace unos minutos.  Algunas heridas se curan con mayor felicidad. Conozco las peleas desde la teoría y la práctica.
   –Yo me asusté la primera vez que lo vi –dice mamá. Trato de escuchar lo que dice porque creo que está hablando de mí.
   –Claro, a mí me pasó lo mismo. Yo vi una sombra cruzar volando el marco de esta puerta –papá sale de la cocina, lo dice el eco de sus pasos en el corredor. Los sigue el golpeteo menudo de los pies de mi mamá. Deduzco que no están hablando de mí, pero no logro identificar su tema de conversación.
   –Tiene una ruta establecida. Va del fondo de la casa hacia la puerta –concluye mamá tratando de contener la emoción.

lunes, 15 de noviembre de 2010

Matías

Autor: Fernando Ponce de León

   Todo fue inútil. No fue culpa mía. No había nacido para ser un santo. Hice todo lo posible y no lo conseguí. Mi carne resultó más fuerte que mi alma, pero de esto no tengo yo enteramente la culpa. Dios ha debido dotarme de fuerzas superiores para conseguir mi objetivo, pero me abandonó o nunca quiso ayudarme. De estas experiencias no he sacado sino resentimientos y desconfianza. Seguramente un ciego no puede llegar a comprender plenamente la existencia de Dios porque no ve aquellas cosas maravillosas de la naturaleza que el hombre adjudica a su mano divina. No ve nada de los animales, ni los astros, ni los ríos, ni la perfección de las flores, ni el milagro del mar, ni nada. Sólo tiene que reducirse a su cupero, a sus sentidos disponbibles que son precisamente los que conducen al goce de la carne.
   Con Matías no me había vuelto a tratar con confianza porque estaba consagrado a Dios, pero el siempre me buscaba y sentía hacia mí una atracción extraña. Yo rehuía su compañía cuando estábamos a solas, porque también sentí  algo que tiraba en mi interior hacia él. Sólo lo usaba como lazarillo en compañía de los otros ciegos. Matías era el niño más bueno del Instituto. Cuando nos hablaban o dictaban alguna conferencia en la cual se exaltaban las buenas costumbres, el nombre de Matías era traído a cuento como modelo de virtudes, de buen corazón, de honestidad. Y en cuanto se refería a cosas de religión era intransigente. No faltaba jamás a la misa, rezaba los rosarios, ayudaba al cura como acólito, sabía de letanías, del dogma, de milagros. En mi imaginación lo relacionaba muy íntimamente con Dios, con la vida eterna y los curas. Él me acompañó a hacer los primeros nueve viernes. Era casi un santo. Pero entonces, ¿por qué me causaba temor su compañía? No sé, pero hay cosas que no es necesario hablarlas sino que ellas se transmiten a través de la piel con sensaciones, con presentimientos, con cosquilleos en la sangre, y esto lo siente con mayor fuerza un ciego.

jueves, 11 de noviembre de 2010

Orejas de pescado

Autor: Marta Orrantia

Julieta

   La deceisión de no ir al funeral la tomó en la ducha. Después de la conversación con su hermano había recordado otro momento, acaso más doloroso que todos.
   Ocurrió una madrugada, la última que pasó con David. Julieta se había despertado, pero aún estaba inmóvil. El techo le daba vuletas, y cuando abrió los ojos sintió la bilis subiendo a su boca. De nuevo. Estaba en la sala, así que el baño más cercano era el social, justo al lado de la puerta. Tenía que trazar bien su recorrido en la oscuridad, porque sabía que una vez que se pusiera de pie, el vómito le llenaría la boca y tendría pocos segundos para llegar a la taza sin ensuciar el camino.
   Recordó vagamente la fiesta. Todos debían estar tirados en el piso. Se aterró de pisarlos en su carrera. Se levantó rápido y sintió una cosa más fuerte que el vómito. Algo que de verdad le subía desde las entrañas. La bilis estaba más amarga que de costumbre, y más pesada. Corrió al baño y vomitó un coágulo de sangre del tamaño de una bola de billar. Se quedó mirándolo flotar en el agua amarillenta, viendos sus ramificaciones coloradas, como si fueran trozos de venas. Bajó la cisterna, cerró la tapa del inodoro y se sentó sobre ella. Estaba temblando. Se tocó la boca y notó que tenía rastros de sangre en los labios secos.
   Fue a su baño y se miró en el espejo. Hacía mucho que no se miraba en el espejo y le costó trabajo reconoces esa mujer menuda y pálida que estaba frente a ella. Lo único oscuro eran los círculos bajo sus ojos y su pelo, reseco y moribundo. Los pezones asomaban con timidez a través de unas costillas visibles y los huesos del cuello tenían a su alrededor hoyos profundos donde la piel se sumía.
   Se acercó  a su imagen y se tocó de nuevo los labios. Se pasó la mano por el pelo, por las tetas, por los hombros, se abrazó y mpezó a llorar con fuerza. A los gritos.
   Cuando llegó David, Julieta lo miró y vio que estaba igual de demacrado que ella.
   "Vámonos de viaje", le dijo, pero él contestó que no podía por cualquier cosa de su trabajo, así que ella le respondió: "Bien. me voy yo", y con eso se terminó su relación, se acabaron sus canciones en las mañanas,  se extinguieron sus sueños de una familia feliz al lado del hombre al que amaba.
   Estuvo tres semanas den Madrid, y cuando regresó había ganado cinco kilos, ya no tomaba nada más fuerte que un café y por intermedio de una amiga española había conseguido un trabajo en San Francisco; así que llegó a su casa, empacó  y siguió adelante con su vida antes de que fuera demasiado tarde.

domingo, 31 de octubre de 2010

Duras murallas

Autor: Julián Gómez Pineda

Aunque estoy despierto me sobresalto con el timbre del teléfono. Miro la hora: ya es de madrugada y no he podido dormir ni un minuto. Contesto y es la voz de mi esposa. Me reclama porque ha pasado mucho tiempo y no la he llamado para avisarle que llegué. Suena jadeante y muy irritada. Comienza una cantaleta de reclamos que dura varios minutos y que yo escucho en silencio.Cuando termina, me disculpo por mi olvido y le pregunto por su salud, pero sólo obtengo que la diatriba continúe todavía otro rato. La interrupo para recordarle que está haciendo una llamada internacional y estamos sin plata, pero sólo consigo ahondar su rabia. Me pregunta cómo es que no estamos juntos en este momento. Le recuerdo el problema que tuvimos para tener su visa a tiempo, la imposibilidad de que ella viaje en la mitad de un tratamiento médico y el error que sería traerla  a este país en su estado actual. Le aseguro que ver esta ciudad es mucho más impactante que cualquier cosa que hubiéramos averiguado antes del viaje y con seguridad no existe un solo hospital que tenga ni de lejos las facilidades ni los recursos de los que ella está disponiendo en este momento. Le digo que es probable que tampoco existan médicos tan calificados como los que ella tiene. Me callo porque la escucho sollozar y sus sonidos parecen un río de montaña que se desliza suavemente entre las piedras, describiendo meandros de tristeza. Me siento muy mal, pero sigo sin decir nada. "¿No te hago falta?" Le digo que sí, que me hace mucha falta. "¿Y entonces cómo es que no estamos juntos?" Me angustio por el cariz circular que está tomando la conversación, miro el reloj y me doy cuenta que llevamos más de veinte minutos en el teléfono. ¿Cómo diablos vamos a pagar llamadas de veinte minutos diarios? Le conesto su pregunta con las mismas razones que ya le había dado y me esfuerzo mucho en parecer dulce, como explicándole a un niño pequeño. Me pregunta si la amo. ¡Maldita sea!, ¿por qué me tiene que preguntar eso? Le respondo mecánicamente que sí. "Estás mintiéndome. Si me amaras no te habrías ido." Lo siguiente que escucho es un tono de ocupado. Me quedo sentado en la cama y mis lágrimas, saladas, me hacen arder el aruñón.

martes, 26 de octubre de 2010

Todo en otra parte

Autor: Carolina Sanín

   Para dormir la siesta necesitábamos buscar un lugar en donde diera el sol. La tapia mohosa que se levantaba al pie del mantel nos había cubierto con su sombra amoratada.
   –Antes de irnos a otra parte –dijo Flora– hagamos algo más aquí, en este trozo de campo.  Al menos construyamos un hormiguero, por favor.
   Julia y yo recogimos los restos del almuerzo. Metimos en bolsas de plástico los huesos, las cáscaras de huevo, la botella vacía y los vasos desechables que habían quedado sobre el mantel.  Doblamos el mantel y lo pusimos dentro de la cesta.
   –Yo me quedaré bajo la sombra de la tapia un rato más –dijo Bob–. Ustedes vayan buscando dónde hacer la siesta, que luego los alcanzaré.
   –Yo me quedaré a la sombra de la tapia un rato más –dijo Julia–. Sigan adelante, que luego Bob y yo los alcanzaremos.
   Para que luego todos pudiéramos reunirnos, acordamos que quienes partíamos hacia el sol marcaríamos con uvas el camino que siguiéramos. Anduvimos un tramo en línea recta, pusimos en el suelo una uva, nos salimos de la trocha, pusimos en el suelo otra uva y nos dirigimos hacia un pinar.
   –¿En qué vienes pensando? –me susurró Rubén.
   –Ése no es nuestro problema –dijo Felicia, que tenía buen oído–. Nuestro problema es no saber qué se quedaron haciendo allá atrás los dos extranjeros. ¿Estarán tramando una emboscada?
   Se decidió que Flora fuera a escuchar a Bob y a Julia y nos preparara un informe.
   –Ya viste cómo Sudana espiaba en nuestra casa la otra noche, cuando te quedaste con Julio y yo me fui con Diego a la comedia Nox –le dijo su madre–. Hazlo mejor que ella.
   Mi ahijada siguió el rastro de las uvas hacia las encinas y de vuelta hasta nosotros.
   –Bob y Julia están haciendo el hormiguero que pedí que construyéramos –informó–, y mientras tanto dudan de que los desiertos sean como Carlota nos ha dicho que son. Se preguntan: "Por qué no vamos a conocer nosotros mismos los desiertos?" y "¿qué crees que nos está pasando?" y "¿te has fijado en que Julio no ha abierto la boca desde que Flora le preguntó qué pajaro era aquel que graznaba sobre la rama de la encina?  ¿Eres conciente de que en todo el paseo no ha dicho nada más que "un cuervo"?"
   –¿Y las respuestas, niña? –protestó Felicia–.  ¿Sólo estaban haciéndose preguntas?
   –Solo, solo –dijo el loro.

miércoles, 20 de octubre de 2010

Los parias

Autor: Vargas Vila

   el verdugo se encarnizó entonces en una verdadera danza, sobre el cuerpo de su hija;
   y, cosa horrible, el parto tuvo lugar bajo sus ojos y bajo sus pies...
   los dolores del alumbramiento volvieron el sentido a Liana;
   abrió los ojos, pero ya era tarde para salvar a su hijo; don Nepomuceno había cogido al niño, cuasi informe, y lo estrechaba con furia, por el cuello.
   Liana, se alzó furiosa contra su padre y alcanzó a prenderse de las piernas del niño;
  don Nepomuceno, de un golpe, la botó por tierra, y abriendo la puerta del balcón, arrojó el niño fuera; y, se escuchó en el patio, el ruido del pequeño cuerpo al estrellarse con las piedras;
   la madre dio un rugido, quiso arrastrarse hasta el balcón y quedó inerte sobre el suelo.
                                              ... ... ...
                                              ... ... ...
                                              ... ... ...

   Afuera, era una noche de luz maravillosa, un cielo de portento, un sueño de esplendor...
   cantaban las estrellas canciones en la roza;
   las rosas, misteriosas, abrían entre las frondas muy negras y muy hondas, sus cálices de Amor;
   era un epitalamio de rayos y fragancias;
   la luna a las estancias entraba rielando, pasaba acariciando de la doliente madre el cuerpo escultural; en tanto que el del niño, yacía a fuera estrellado contra las duras piedras, a orillas de un rosal;
   y, Dios, desde los cielos, sereno contemplaba el cuadro de tristeza, absorto en su grandeza, inerte en su bondad;
   ¡el Dios omnipotente! ¡el Dios omnipresente!
   ¡el Dios a quien adora la estulta humanidad!

sábado, 18 de septiembre de 2010

El día del odio

Autor:  J. A. Osorio Lisarazo

–Mi señora Rosarito –dijo–. ¿Me puede preparar un piquete bien jotiao aquí pa los amigos?
–¿Cuántos son? –preguntó, impasible, sin levantar la vista, la mujer.
–Siete hast'hora. Pero puede hacer como pa ocho, por si alguien más cae. Papas y güesos de marrano y ají. Pero eso sí, prontico, mi señora.
–Untualito. Ya tengo las papas peladas y los güesos nu'es más que calentarlos. Ay, será a cincuenta por cad'uno. Pero eso sí me paga ya.
–Ay, mi señora: ¿y eso que le dio? ¿Ya no conoce a Alfredo Pineda, el Manueseda? ¡Naides desconfía de yo! ¡Faltaba más!
–Es que a yo me gusta así, don Aljredo, que el otro día me l'hicieron y al perro no lo capan dos veces.
–Sta bien. Ay van tres pesos a cuenta, y otra vez sepa distinguir la gente, mi señora Rosarito.
Salió de la cocina con ligera indignación. Pero de pronto regresó alegremente.
–¿Sabe que hasta razón tiene? ¡Hay tanto guache que deshonra la profesión! Ay ta el peso más, pero eso sí, se luce con el piquete.
–Jmmm... Los güesos tan que dice comeme...