domingo, 31 de octubre de 2010

Duras murallas

Autor: Julián Gómez Pineda

Aunque estoy despierto me sobresalto con el timbre del teléfono. Miro la hora: ya es de madrugada y no he podido dormir ni un minuto. Contesto y es la voz de mi esposa. Me reclama porque ha pasado mucho tiempo y no la he llamado para avisarle que llegué. Suena jadeante y muy irritada. Comienza una cantaleta de reclamos que dura varios minutos y que yo escucho en silencio.Cuando termina, me disculpo por mi olvido y le pregunto por su salud, pero sólo obtengo que la diatriba continúe todavía otro rato. La interrupo para recordarle que está haciendo una llamada internacional y estamos sin plata, pero sólo consigo ahondar su rabia. Me pregunta cómo es que no estamos juntos en este momento. Le recuerdo el problema que tuvimos para tener su visa a tiempo, la imposibilidad de que ella viaje en la mitad de un tratamiento médico y el error que sería traerla  a este país en su estado actual. Le aseguro que ver esta ciudad es mucho más impactante que cualquier cosa que hubiéramos averiguado antes del viaje y con seguridad no existe un solo hospital que tenga ni de lejos las facilidades ni los recursos de los que ella está disponiendo en este momento. Le digo que es probable que tampoco existan médicos tan calificados como los que ella tiene. Me callo porque la escucho sollozar y sus sonidos parecen un río de montaña que se desliza suavemente entre las piedras, describiendo meandros de tristeza. Me siento muy mal, pero sigo sin decir nada. "¿No te hago falta?" Le digo que sí, que me hace mucha falta. "¿Y entonces cómo es que no estamos juntos?" Me angustio por el cariz circular que está tomando la conversación, miro el reloj y me doy cuenta que llevamos más de veinte minutos en el teléfono. ¿Cómo diablos vamos a pagar llamadas de veinte minutos diarios? Le conesto su pregunta con las mismas razones que ya le había dado y me esfuerzo mucho en parecer dulce, como explicándole a un niño pequeño. Me pregunta si la amo. ¡Maldita sea!, ¿por qué me tiene que preguntar eso? Le respondo mecánicamente que sí. "Estás mintiéndome. Si me amaras no te habrías ido." Lo siguiente que escucho es un tono de ocupado. Me quedo sentado en la cama y mis lágrimas, saladas, me hacen arder el aruñón.

martes, 26 de octubre de 2010

Todo en otra parte

Autor: Carolina Sanín

   Para dormir la siesta necesitábamos buscar un lugar en donde diera el sol. La tapia mohosa que se levantaba al pie del mantel nos había cubierto con su sombra amoratada.
   –Antes de irnos a otra parte –dijo Flora– hagamos algo más aquí, en este trozo de campo.  Al menos construyamos un hormiguero, por favor.
   Julia y yo recogimos los restos del almuerzo. Metimos en bolsas de plástico los huesos, las cáscaras de huevo, la botella vacía y los vasos desechables que habían quedado sobre el mantel.  Doblamos el mantel y lo pusimos dentro de la cesta.
   –Yo me quedaré bajo la sombra de la tapia un rato más –dijo Bob–. Ustedes vayan buscando dónde hacer la siesta, que luego los alcanzaré.
   –Yo me quedaré a la sombra de la tapia un rato más –dijo Julia–. Sigan adelante, que luego Bob y yo los alcanzaremos.
   Para que luego todos pudiéramos reunirnos, acordamos que quienes partíamos hacia el sol marcaríamos con uvas el camino que siguiéramos. Anduvimos un tramo en línea recta, pusimos en el suelo una uva, nos salimos de la trocha, pusimos en el suelo otra uva y nos dirigimos hacia un pinar.
   –¿En qué vienes pensando? –me susurró Rubén.
   –Ése no es nuestro problema –dijo Felicia, que tenía buen oído–. Nuestro problema es no saber qué se quedaron haciendo allá atrás los dos extranjeros. ¿Estarán tramando una emboscada?
   Se decidió que Flora fuera a escuchar a Bob y a Julia y nos preparara un informe.
   –Ya viste cómo Sudana espiaba en nuestra casa la otra noche, cuando te quedaste con Julio y yo me fui con Diego a la comedia Nox –le dijo su madre–. Hazlo mejor que ella.
   Mi ahijada siguió el rastro de las uvas hacia las encinas y de vuelta hasta nosotros.
   –Bob y Julia están haciendo el hormiguero que pedí que construyéramos –informó–, y mientras tanto dudan de que los desiertos sean como Carlota nos ha dicho que son. Se preguntan: "Por qué no vamos a conocer nosotros mismos los desiertos?" y "¿qué crees que nos está pasando?" y "¿te has fijado en que Julio no ha abierto la boca desde que Flora le preguntó qué pajaro era aquel que graznaba sobre la rama de la encina?  ¿Eres conciente de que en todo el paseo no ha dicho nada más que "un cuervo"?"
   –¿Y las respuestas, niña? –protestó Felicia–.  ¿Sólo estaban haciéndose preguntas?
   –Solo, solo –dijo el loro.

miércoles, 20 de octubre de 2010

Los parias

Autor: Vargas Vila

   el verdugo se encarnizó entonces en una verdadera danza, sobre el cuerpo de su hija;
   y, cosa horrible, el parto tuvo lugar bajo sus ojos y bajo sus pies...
   los dolores del alumbramiento volvieron el sentido a Liana;
   abrió los ojos, pero ya era tarde para salvar a su hijo; don Nepomuceno había cogido al niño, cuasi informe, y lo estrechaba con furia, por el cuello.
   Liana, se alzó furiosa contra su padre y alcanzó a prenderse de las piernas del niño;
  don Nepomuceno, de un golpe, la botó por tierra, y abriendo la puerta del balcón, arrojó el niño fuera; y, se escuchó en el patio, el ruido del pequeño cuerpo al estrellarse con las piedras;
   la madre dio un rugido, quiso arrastrarse hasta el balcón y quedó inerte sobre el suelo.
                                              ... ... ...
                                              ... ... ...
                                              ... ... ...

   Afuera, era una noche de luz maravillosa, un cielo de portento, un sueño de esplendor...
   cantaban las estrellas canciones en la roza;
   las rosas, misteriosas, abrían entre las frondas muy negras y muy hondas, sus cálices de Amor;
   era un epitalamio de rayos y fragancias;
   la luna a las estancias entraba rielando, pasaba acariciando de la doliente madre el cuerpo escultural; en tanto que el del niño, yacía a fuera estrellado contra las duras piedras, a orillas de un rosal;
   y, Dios, desde los cielos, sereno contemplaba el cuadro de tristeza, absorto en su grandeza, inerte en su bondad;
   ¡el Dios omnipotente! ¡el Dios omnipresente!
   ¡el Dios a quien adora la estulta humanidad!