miércoles, 24 de noviembre de 2010

La vorágine

Autor: José Eustasio Rivera

   Y la aurora surgió ante nosotros: sin que advirtiéramos el momento preciso, empezó a flotar sobre los pajonales un vapor sonrosado que ondulaba en la atmósfera como ligera muselina. Las estrellas se adormecieron, y en la lontananza de ópalo, al nivel de la tierra, apareció un celaje de incendio, una pincelada violenta, un coágulo de rubí. Bajo la gloria del alba hendieron el aire los patos chillones, las garzas morosas como copos flotantes, los loros esmerladinos de tembloroso vuelo, las guacamayas multicolores. Y de todas partes, del pajonal y del espacio, del estero y de la palmera, nacía un hálito jubiloso que era vida, era acento, claridad y palpitación. Mientras tanto, en el arrebol que abría su palio inconmensurable, dardeó el primer destello solar, y, lentamente, el astro, inmenso como una cúpula, ante el asombro del toro y la fiera, rodó por las llanuras, enrojeciéndose antes de ascender al azul.
   Alicia, abrazándome llorosa y enloquecida, repetía esta plegaria:
   –¡Dios mío, Dios mío! ¡El sol, el sol!
   Luego, nosotros, prosiguiendo la marcha, nos hundimos en la inmensidad.

jueves, 18 de noviembre de 2010

Manual de pelea

Autor: Andrés Burgos

   Me llamo Santiago González. En La Andaluza, el barrio en el que vivo, y en mi casa me llaman Santiago. En el colegio de La Salle, donde estudio desde prekinder, me llaman González. Pero cuando tienen ganas de molestarme y burlarse de mi nariz me dicen Pinocho. Esto no representa una angustia para mí. Podría haber sido peor. No le doy mucha importancia al tamaño de mi nariz porque quizá mi mayor defecto sea mi bocota. Y no es que esta tenga una gran extensión.
   –No fuiste capaz de quedarte callado, ¿no? –pregunta mi papá sin inmutarse cuando me abre la puerta para que entre. Yo afirmo con la cabeza, no pronuncio ni una palabra y cada cual vuelve a lo suyo. Está acostumbrado a verme llegar a la casa exhibiendo un ojo morado, con las pupilas flotando entre lágrimas represadas o la nariz goteando sangre. Esta vez se trata de uno más de los nocauts técnicos que sufro con frecuencia. Otro producto de combates disparejos que duran poco tiempo, son pactados por cualquier motivo y no presentan atractivo para el público debido a la ausencia de emociones fuertes.
   Es de noche, mamá ya ha vuelto de su trabajo y está acompañando a papá en la cocina, en donde él pasa mucho tiempo sentado junto a su radio eternamente encendido sin hacer más que tomarse algunos tragos y mirar hacia la nada. Pero hoy no está enterrado en uno de esos largos silencios que llenan sus días. Comparte una animada, casi excitada conversación con mi madre. No presto atención a lo que está sucediendo porque me encuentro demasiado ocupado con mis propios problemas. Me quedo solo en mi habitación, mirando para el techo. Me duele más la autoestima que los golpes que recibí hace unos minutos.  Algunas heridas se curan con mayor felicidad. Conozco las peleas desde la teoría y la práctica.
   –Yo me asusté la primera vez que lo vi –dice mamá. Trato de escuchar lo que dice porque creo que está hablando de mí.
   –Claro, a mí me pasó lo mismo. Yo vi una sombra cruzar volando el marco de esta puerta –papá sale de la cocina, lo dice el eco de sus pasos en el corredor. Los sigue el golpeteo menudo de los pies de mi mamá. Deduzco que no están hablando de mí, pero no logro identificar su tema de conversación.
   –Tiene una ruta establecida. Va del fondo de la casa hacia la puerta –concluye mamá tratando de contener la emoción.

lunes, 15 de noviembre de 2010

Matías

Autor: Fernando Ponce de León

   Todo fue inútil. No fue culpa mía. No había nacido para ser un santo. Hice todo lo posible y no lo conseguí. Mi carne resultó más fuerte que mi alma, pero de esto no tengo yo enteramente la culpa. Dios ha debido dotarme de fuerzas superiores para conseguir mi objetivo, pero me abandonó o nunca quiso ayudarme. De estas experiencias no he sacado sino resentimientos y desconfianza. Seguramente un ciego no puede llegar a comprender plenamente la existencia de Dios porque no ve aquellas cosas maravillosas de la naturaleza que el hombre adjudica a su mano divina. No ve nada de los animales, ni los astros, ni los ríos, ni la perfección de las flores, ni el milagro del mar, ni nada. Sólo tiene que reducirse a su cupero, a sus sentidos disponbibles que son precisamente los que conducen al goce de la carne.
   Con Matías no me había vuelto a tratar con confianza porque estaba consagrado a Dios, pero el siempre me buscaba y sentía hacia mí una atracción extraña. Yo rehuía su compañía cuando estábamos a solas, porque también sentí  algo que tiraba en mi interior hacia él. Sólo lo usaba como lazarillo en compañía de los otros ciegos. Matías era el niño más bueno del Instituto. Cuando nos hablaban o dictaban alguna conferencia en la cual se exaltaban las buenas costumbres, el nombre de Matías era traído a cuento como modelo de virtudes, de buen corazón, de honestidad. Y en cuanto se refería a cosas de religión era intransigente. No faltaba jamás a la misa, rezaba los rosarios, ayudaba al cura como acólito, sabía de letanías, del dogma, de milagros. En mi imaginación lo relacionaba muy íntimamente con Dios, con la vida eterna y los curas. Él me acompañó a hacer los primeros nueve viernes. Era casi un santo. Pero entonces, ¿por qué me causaba temor su compañía? No sé, pero hay cosas que no es necesario hablarlas sino que ellas se transmiten a través de la piel con sensaciones, con presentimientos, con cosquilleos en la sangre, y esto lo siente con mayor fuerza un ciego.

jueves, 11 de noviembre de 2010

Orejas de pescado

Autor: Marta Orrantia

Julieta

   La deceisión de no ir al funeral la tomó en la ducha. Después de la conversación con su hermano había recordado otro momento, acaso más doloroso que todos.
   Ocurrió una madrugada, la última que pasó con David. Julieta se había despertado, pero aún estaba inmóvil. El techo le daba vuletas, y cuando abrió los ojos sintió la bilis subiendo a su boca. De nuevo. Estaba en la sala, así que el baño más cercano era el social, justo al lado de la puerta. Tenía que trazar bien su recorrido en la oscuridad, porque sabía que una vez que se pusiera de pie, el vómito le llenaría la boca y tendría pocos segundos para llegar a la taza sin ensuciar el camino.
   Recordó vagamente la fiesta. Todos debían estar tirados en el piso. Se aterró de pisarlos en su carrera. Se levantó rápido y sintió una cosa más fuerte que el vómito. Algo que de verdad le subía desde las entrañas. La bilis estaba más amarga que de costumbre, y más pesada. Corrió al baño y vomitó un coágulo de sangre del tamaño de una bola de billar. Se quedó mirándolo flotar en el agua amarillenta, viendos sus ramificaciones coloradas, como si fueran trozos de venas. Bajó la cisterna, cerró la tapa del inodoro y se sentó sobre ella. Estaba temblando. Se tocó la boca y notó que tenía rastros de sangre en los labios secos.
   Fue a su baño y se miró en el espejo. Hacía mucho que no se miraba en el espejo y le costó trabajo reconoces esa mujer menuda y pálida que estaba frente a ella. Lo único oscuro eran los círculos bajo sus ojos y su pelo, reseco y moribundo. Los pezones asomaban con timidez a través de unas costillas visibles y los huesos del cuello tenían a su alrededor hoyos profundos donde la piel se sumía.
   Se acercó  a su imagen y se tocó de nuevo los labios. Se pasó la mano por el pelo, por las tetas, por los hombros, se abrazó y mpezó a llorar con fuerza. A los gritos.
   Cuando llegó David, Julieta lo miró y vio que estaba igual de demacrado que ella.
   "Vámonos de viaje", le dijo, pero él contestó que no podía por cualquier cosa de su trabajo, así que ella le respondió: "Bien. me voy yo", y con eso se terminó su relación, se acabaron sus canciones en las mañanas,  se extinguieron sus sueños de una familia feliz al lado del hombre al que amaba.
   Estuvo tres semanas den Madrid, y cuando regresó había ganado cinco kilos, ya no tomaba nada más fuerte que un café y por intermedio de una amiga española había conseguido un trabajo en San Francisco; así que llegó a su casa, empacó  y siguió adelante con su vida antes de que fuera demasiado tarde.