lunes, 30 de mayo de 2011

Rosario Tijeras

   Autor: Jorge Franco

   Como a Rosario le pegaron un tiro a quemarropa mientras le daban un beso, confundió el dolor del amor con el de la muerte. Pero salió de dudas cuando despegó los labios y vio la pistola.
   –Sentí un corrientazo por todo el cuerpo. Yo pensé que era el beso... –me dijo desfallecida camino al hospital.
   –No hablés más, Rosario –le dije, y ella apretándome la mano me pidió que no la dejara morir.
   –No me quiero morir, no quiero.
   Aunque yo la animaba con esperanzas, mi expresión no la engañaba. Aun moribunda se veía hermosa, fatalmente se desangraba cuando la entraron a cirugía. La velocidad de la camilla, el vaivén de la puerta y la orden estricta de una enfermera me separaron de ella.
   –Avisale a mi mamá –alcancé a oír.
   Como si yo supiera dónde vivía su madre. Nadie lo sabía, ni siquiera Emilio, que la conoció tanto y tuvo la suerte de tenerla. Lo llamé para contarle. Se quedó tan mudo que tuve que repetirle lo que yo mismo no creía, pero de tanto decírselo para sacarlo de su silencio, aterricé y entendí que Rosario se moría.
   –Se nos está yendo, viejo.
   Lo dije como si Rosario fuera de los dos, o acaso alguna vez lo fue, así hubiera sido en un desliz o en el permanente deseo de mis pensamiento.
   –Rosario.
   No me canso de repetir su nombre mientras amanece, mientras espero  a que llegue Emilio, que seguramente no vendrá, mientras espero que alguien salga del quirófano y diga algo. Amanece más lento que nunca, veo apagarse una a una las luces del barrio alto de donde una vez bajó Rosario.
   –Mirá bien donde estoy apuntando. Allá arriba sobre la hilera de luces amarillas, un poquito más arriba quedaba mi casa. Allá debe estar doña Rubi rezando por mí.
   Yo no vi nada, sólo su dedo estirado hacia la parte más alta de la montaña.  

jueves, 24 de marzo de 2011

Esa otra muerte


Autor: Umberto Valverde


   Hubiera buscado a los muchachos, pero al pasar frente al bar recordé que era sábado y penetré. Entonces me acerqué al mostrador y pedí una cerveza. Hice la cuenta y sólo me alcanzaba para tres más. Oía las canciones en silencio para olvidar la piedra que tenía. Lucía me había pedido que la llevara al cine, y cómo si mis padres no querían darme nada por haber perdido ese maldito año.
   Me puse a mirar a través del espejo y me encontré varias veces con su mirada; luego, me picó el ojo, de seguro era maricón. Estaba sentado con una hembra poderosa. Ambos asediaban con sus miradas. Él se acercó y me pidió que me sentara con ellos. Pagó las cervezas que me había tomado y fui a ocupar un asiento en medio de los dos. El ambiente se estaba poniendo chévere, poco a poco iba llegando más gente. Nunca me había sentado con un maricón, pero tenía ganas de tomar y él parecía de moneda, además de pronto me tiraría a la hembra. Sin proponérselo me puse a bailar con ella, deseo tras deseo, mientras la noche se nos olvidaba y el aguardiente iba oscureciendo mis ojos. Más tarde sentí su mano recorriendo mis muslos; yo lo aceptaba con una sonrisa. Tal vez era el amanecer cuando salimos y nos fuimos a su apartamento. Ella sin darme cuenta desapareció; sólo con él, me tocó tirármelo. Al otro día, me desperté asustado, me bañé mientras él dormía; al vestirme despertó y me obsequió un carón de cien, quedamos en vernos.
   Por la tarde llevé a Lucía al cine y después me tomé unas cervezas, algunos me hicieron bronca, sin embargo, era preferible la plata, lo demás no importaba. En la esquina estuve con los muchachos y les conté mi hazaña, pero no me gustó que Henry, el más pelado de la cuadra, estuviera allí, porque cuando tuviera mis años podría hacer lo mismo

   –¿Y él qué te dijo? –preguntó Antonio. 
   El sol estallaba sobre la camisa nueva de Enrique que se ajustaba a su cuerpo fuerte y musculoso.
    –Me dio para comprarme esto, pero tengo que ir esta noche –le dijo Henry a Tony mientras contaba la plata que le sobraba.
   –¿Vas a ir? –dijo Antonio.
   –Ahora que estoy jodido no puedo dejar perder esa mina –contestó Henry y agregó–: Si quieres vamos y luego nos lanzamos de farra con mujeres, tú tienes buena pinta y puedes tumbarte a otro.
   Enrique sonreía mientras Antonio parecía dudar y, precipitadamente, apuró sus palabras para decir:
   –Tal vez voy, porque estoy que me tiro una hembrita y no tengo.
   –Entonces nos vemos –dijo Henry alejándose.

viernes, 11 de marzo de 2011

Toá. Narraciones de caucherías

Autor: César Uribe Piedrahita

   Después de una breve pausa continuó:
   –Vea hace ya bastantes años que me traje pa acá a un primo mío, Alfonso Muñoz, que tenía por ái catorce o quince años. Él se enganchó con los Gutiérrez y se metió Caquetá abajo, pero no volvió... Pues, patrón, eso fué una bestialidá dese muchacho. Resulta que habían explorado parte del Caguán, que, como vió, desemboca aquí arriba al frente, y echaron de pabajo a ver si  podían salir por este río. Los Gutiérrez no conocían eso por allá y no llevaban baquianos blancos. Llegaron más abajo de aquí a un playón y rancharon. Cuando cayó  la noche el viento les trajo un ruido muy raro, y al preguntar a los indios, ellos no decían más que: "¡Araracuara! ¡Araracuara! Turute. Fiequirete". Y señalaron como pa decir que había chorro y que las canoas no pasaban. Esa noche, según me contó mi compadre Adriano, piloto de una canoa de  los Gutiérrez, tomaron mucho trago, y entonces, Urbano, que era el jefe, llamó a los hombres y preguntó si había allí un "macho" que explorara el Aracuarara, a ver si había paso. Ninguno se movía a contestar, hasta que el bestia de mi primo Alfonso dijo que él era capaz, pero que si le daban canoa buena y un compañero que le ayudara a bogar. Otro bruto, por echar cañas, se ofreció, y entonces Urbano les dió la canoa que querían y dejaron  la exploración pal otro día. Alfonso estaba demás de muchacho, pero parece que era guapo, y así fue que les dijo: "Si no volvemos, es porque no hay paso", y salieron a la madrugada... Mi compadre  Adriano conoce esos chorreones porque viajó por la orilla, buscando un camino pa varadero,  me dijo que eso era horrible. El río se encajona entre unas peñas altotas y se aprieta en ese cañón, se esponja todo, y se revienta, y hace un ruido de todos los diablos. Y de ái cae y vuelve, y quiere meterse todo de una vez, y no puede, y brama, y se vuelve flecos... Y vuelve y hace lo mismo... ¡Eso izque es una bestialidá!... Imagínese cómo sería, cuando Alfonso y su compañero enfilaron el raudal y luego se metieron en esa cañada de piedras, jervesones y espumarajos, entre el trueno que izque se oye... Así sería el susto, tamaño... Y déle aquí y déle allá. Con ese miedo que da y ese apretón que  se siente en la boca del estómago, y esa cosa que parece que se le crecen a uno los ojos y se les salen como a los cangrejos... ¡Pam, déle..., y pum!... Las astillas de la canoa... La cabeza entre las espumas... Hasta que se estrellaron contra una peña, sin tiempo pa rezar el "yo pecador"... Ésos eran guapos, pero muy brutos, doctor, ¿no le parece?...

viernes, 4 de marzo de 2011

La nieve del almirante

Autor: Álvaro Mutis


Junio 7

   Pasamos los rápidos sin mayor percance, pero fue una prueba en muchos aspectos reveladora de la imagen que hasta ayer tenía del peligro y de la presencia real de la muerte. Cuando digo real me refiero a que no se trata de ese fantasma que solemos invocar con la imaginación y darle cuerpo con elementos tomados del recuerdo de quienes hemos visto morir en las más variadas circunstancias. No. Se trata de percibir con la plenitud de nuestra conciencia y de nuestros sentidos, la proximidad inmediata e irrebatible del propio perecer, de la suspensión irrevocable de la existencia. Allí, al alcance de la mano, irrecusable. Buena prueba, larga lección. Tardía, como todas las lecciones que nos atañen directa y profundamente.
   El día en que el Capitán me dio su famosa oración, el mecánico decidió que debíamos detenernos para revisar el motor. Al remontar la corriente de los rápidos, una falla significa la muerte segura. Atracamos, y el hombre se aplicó en desarmar, limpiar y probar cada una de las partes de la máquina. Fascinante la paciente sabiduría con que este indio, salido de las más recónditas regiones de la jungla, consigue identificarse con un mecanismo inventado y perfeccionado en países cuya avanzada civilización descansa casi exclusivamente en la técnica. Las manos de nuestro mecánico se mueven con tal destreza que parecen dirigidas por algún espíritu tutelar de la mecánica, extraño por completo a este aborigen de informe rostro mongólico y piel lampiña de serpiente. Hasta que hubo probado escrupulosamente cada etapa del funcionamiento del motor, no quedó tranquilo. Con una parca señal de la cabeza hizo saber al Capitán que estaba listo para remontar el Paso del Ángel. La noche se nos vino encima y resolvimos qudarnos hasta la madrugada siguiente. No era cosa de comenzar el ascenso en la oscuridad. Al otro día, partimos con las primeras luces del alba. Contra lo que yo suponía, los rápidos no están formados por rocas que sobresalen de la corriente, obstaculizando su curso y haciéndolo más violento. Todo sucede en las profundidades, en el fondo, cuyo suelo se puebla de cavidades, ondulaciones, cuevas, remolinos y fallas, a tiempo que se acentúa la pendiente por la que desciend el agua en un fragoroso torbellino de fuerza arrolladora que cambia de dirección e intensidad a cada momento.
   "No se meta en la hamaca. Manténgase en pié y agárrese bien de los barrotes del toldo. No mire a la corriente y trate de pensar en otra cosa." Tales fueron las instrucciones del Capitán, que se mantuvo todo el tiempo en la proa, agarrado a una precaria pasarela, al lado del práctico que manejaba el tión con bruscas sacudidas destinadas a evitar los golpes de agua y espuma que alzaban de repente como anunciando la espalda de un animal inconcebible. El motor quedaba al aire a cada momento y la hélice giraba en el vacío, en un vértigo desbocado e introncolable. A medida que nos internábamos en la cañada que la corriente había cavado durante milenios, la luz se fue haciendo más gris y nos envolvió un velo de espuma y niebla nacido del turbulento girar de las aguas y de su choque contra la pulida superficie rocosa de las piedras que las encauzan. Durante largas horas podía pensarse que estaba anocheciendo. El lanchón cabeceaba y se sacudía como si estuviera hecho con madera de balso. Su estructura metálica resonaba con un acento sordo de trueno distante. Los remaches que unían las láminas vibraban y saltaban, comunicando a toda la armazón esa inestabilidad que precede al desastre. Las horas pasaban y no teníamos la certeza de estar avanzando. Era como si nos hubiéramos instalado para siempre en el estruendo implacable de las aguas, esperando ser arrastrados de un momento a otro por el remolino. Un cansancio indecible empezó a paralizar mis brazos, y sentía las piernas como si estuvieran hechas de una blanda materia insensible. Cuando creí que ya no podría más alcancé a escuchar al Capitán que gritaba algo en dirección mía. Con la cabeza señaló el cielo y en su semblante apareció una sonrisa deforme y enigmática. Seguí su mirada y vi que la luz se iba aclarando por momentos. Algunos rayos de sol atravesaron la nube de espuma y niebla que se iluminó con los colores del arco iris. Los rugidos del torrente y el retumbar del casco se fueron haciendo menos notorios. La lancha avanzaba meciéndose rítmicamente, pero ya controlada por el esfuerzo regular y firme de la hélice. Cuando se redujeron aún más los cabeceos de la embarcación, el Capitán se sentó en cuclillas sobre el piso y me hizo señas de que me recostara en la hamaca. Su célebre parasol de colores había desaparecido. Cuando traté de moverme sentí que todo el cuerpo me dolía como si hubiera recibido una paliza. Dando tumbos llegué hasta la hamaca y me acosté con una sensación de alivio que se repartía por todo el cuerpo como un bálsamo que agradecían cada coyuntura, cada músculo, cada centímetro de piel aterida y azotada por las aguas. Una ligera ebriedad y un apacible avanzar del sueño me fueron ganando mientras celebraba la dicha de estar vivo. El río se extendía de nuevo por entre juncales de donde partían bandadas de garzas que iban a posarse en las copas de los árboles cargados de flores. De nuevo el calor seco, inmutable, inmóvil, vino a recordarme que habían existido otras tardes semejantes a esta que terminaba en medio de una calma bienhechora y sin fronteras.
   Caí en un profundo sueño hasta que el práctico se me acercó con una taza de´café caliente y unas tajadas de plátano frito en un desportillado plato de peltre: "Hay que comer algo, mi don, si no repara las fuerzas, después se la gana el hambre y sueña con los muertos". Su voz tenía un acento paternal que me dejó bañado en una nostalgia pueril y gratuita. Le di las gracias y bebí el café de un solo trago. Mientras comía las tajadas de plátano sentí que regresaban, una a una, mis viejas lealtades a la vida, al mundo depositario de asombros siempre renovados y a tres o cuatro seres cuya voz me alcanzaba por encima del tiempo y de mi incurable trashumancia.

martes, 25 de enero de 2011

Los ejércitos

Autor: Evelio Rosero

   Empezamos a bajar desde la parroquia, en vigilante silencio, ¿qué nos falta por desvelar? De la mitad de la plaza un lento grupo de hombres sube a saludar, y el padre se detiene; quería continuar la charla conmigo, pero la llegada de sus feligreses lo impedirá; encoge los hombros, hace un gesto indefinible y sigue bajando a mi lado; atiende a los hombres con una sonrisa de confortación, sin pronunciar palabra; los escucha con igual interés; algunos son de este pubelo, otros de las montañas: no es recomendable quedarse en las montañas cuandos se avecinan los enfrentamientos; ya han ocultado a sus hijos en casa de los amigos, vienen a indagar qué nos espera, el alcalde y el personero no se encuentran en la alcaldía, no hay nadie en las oficinas del concejo municipal, ¿dónde están?, ¿qué vamos a hacer?, ¿cuánto durará?, la incertidumbre es igual para todos; el padre Albornoz replica abriéndose de brazos, ¿qué puede saber él?, les habla como en sus sermones, y tal vez tiene razón, poniéndose en su lugar: el temor de resultar mal interpretado, de terminar acusado por este o ese ejército, de indigestar a un capo del narcotráfico –que puede contar con un espía entre los mismos feligreses que lo rodean– ha hecho de él un concierto de balbuceos, donde todo confluye en la fe, rogar al cielo esperanzados en que esta guerra fratricida no alcance de  nuevo a San José, que se imponga la razón, que devuelvan a Eusebio Almida, otro inocente sacrificado, otro más, ya monseñor Rubiano nos advirtió que el secuestro es una realidad diabólica, fe en el creador –nos exhorta finalmente, y eleva el dedo índice–: después de la oscuridad llega la luz, y, cosa realmente absurda, que nadie entiende de buenas a primeras, pero que todos escuchan y aceptan porque por algo lo dirá el padre, nos anuncia que el Divino Niño ha sido nombrado esta mañana figura religiosa nacional, que nuestro país sigue consagrado al Niño Jesús, oremos, insiste, pero, de hecho, ni él ora ni nadie parece dispuesto a corresponder con una oración.
  


   

sábado, 22 de enero de 2011

La sombra del licántropo

Autor: Hugo Chaparro

   Un apartamento silencioso, pulcro, estrecho por los libros que tomaban palmo a palmo el espacio de esa casa. La cocina, el baño, la superficie carcomida de un piano incomprensible y desvencijado –abandonado como la última ruina de un músico frustrado–, una mesa con el mapa quebradizo de un rompecabezas dibujado a medias, la habitación del señor Delgado en la que apenas se veían la cama y otra mesa de lectura, cada cuarta y cada cuarto, cada metro, estaban invadidos, asaltados por la clase de animal que se veía reflejado en otros animales, con otros caracteres y otras historias, imaginarias, fantasiosas e incluso reales, prescindibles o no, que al simple roce de sus lomos, de las tapas que guardaban con cuidado su cuerpo abultado hoja por hoja, se observaban en silencio unos a otros y formaban una imagen que crecía hasta llenar los anaqueles de una larga biblioteca que podía extenderse aún más, con el riesgo de expulsar de tal lugar a su instigador, su creador y su víctima. Un mundo ancho, feliz y jamás ajeno a quien quisiera descubrir, literalmente, en sus entrañas, el secreto contenido por monstruos generosos que respiraban en su polvo y sus tinieblas.
   Delgado no lo creía, no me esperaba y no lo entendía. Podría haber llamado. Avisarle. Averiguar en qué terreno mi presencia era grata o non-grata. Medir mis pasos y su rumbo o enrumbarlos a otra parte. Pero al verme a la puerta de su casa, pulsando con fervor y sin descanso aquel timbre, sus rasgos se doraron con la luz de un hombre compasivo, comprensible y generoso. El disgusto con el cual dejó escapar un agrio "¿Quién?" por la rejilla del citófono, se aplacó, fue domado por mi gesto trastornado, al borde del naufragio o lo que fuera.
   Bajó los cuatro pisos que apartaban su castillo de una calle iluminada con luz turbia, que acentuaba la penumbra y el aire flatulento de un sitio cercado y sitiado por aromas variables y variados: al vapor de un licor espeso y ureo o a la esencia trashumante y humeante, algo cítrica, de un desfile angustiante de mendigos, se mezclaban los olores –fritos, refritos, tostados– provenientes de pequeños restaurantes y de ventas callejeras de empanadas y pasteles de aratcacha, racachá o arracacha que en la calle eran siempre una sola y suculenta palabra alimenticia.
   No me preguntó qué sucedía, qué ocurría –o, según el uso y la costumbre de una antigua ciudad aseñorada, beata– a qué se debía el milagro. Mi visita no era un prodigio incomprensible, un suceso debido a poder divino, a cosa rara o maravillosa. Podía ser inesperada o imprevista, incluso extraña. Sorprender, aunque no del todo, a Delgado. Supuse que un ser mesurado como aquel lograba controlarse o resguardar su más honda timidez en las más inauditas circunstancias. Que podía, como un héroe de cómic o de cómix o historieta, de quadrinho –Rip Kirby, X-9 o el Perro Policía de Krazy Kat–, calcular con frialdad sus emociones o sus más descabelladas reacciones; enfrentarse a zorras leves o ligeras –de cascos y de todo–, tocadas por un verbo, cuando no fácil, ambiguo, con una mirada que bastara para congelar sus tretas de tramposas  boxeadoras, de muñecas juguetonas siempre  en trance de inventar las peores jugarretas. Pero aquello también ser una rápida y ligera invención mía –caso frecuente, la máscara, el que nadie quisiera ser lo que era–. Podía ser que nada de lo que imaginaba fuera verdad y sólo se tratara de otra forma de consuelo en un lugar que tal vez fuera bello, apacible, un paraíso, cuando alguien se inventaba una vía pasajera o permanente de ocultar o matizar las calles tristes de una ciudad simple. Escapar a través de los recuerdos y la imagen personal de una vida que guardaba sus tesoros –como el siempre alabado Tesoro de la Juventud–, tocando con leve calidez un lugar de nadie, querido siempre y cuando pudieran conjugarse, de algún modo, sus miserias, aunque se persiguiera algo sin encontrar nada.