martes, 25 de enero de 2011

Los ejércitos

Autor: Evelio Rosero

   Empezamos a bajar desde la parroquia, en vigilante silencio, ¿qué nos falta por desvelar? De la mitad de la plaza un lento grupo de hombres sube a saludar, y el padre se detiene; quería continuar la charla conmigo, pero la llegada de sus feligreses lo impedirá; encoge los hombros, hace un gesto indefinible y sigue bajando a mi lado; atiende a los hombres con una sonrisa de confortación, sin pronunciar palabra; los escucha con igual interés; algunos son de este pubelo, otros de las montañas: no es recomendable quedarse en las montañas cuandos se avecinan los enfrentamientos; ya han ocultado a sus hijos en casa de los amigos, vienen a indagar qué nos espera, el alcalde y el personero no se encuentran en la alcaldía, no hay nadie en las oficinas del concejo municipal, ¿dónde están?, ¿qué vamos a hacer?, ¿cuánto durará?, la incertidumbre es igual para todos; el padre Albornoz replica abriéndose de brazos, ¿qué puede saber él?, les habla como en sus sermones, y tal vez tiene razón, poniéndose en su lugar: el temor de resultar mal interpretado, de terminar acusado por este o ese ejército, de indigestar a un capo del narcotráfico –que puede contar con un espía entre los mismos feligreses que lo rodean– ha hecho de él un concierto de balbuceos, donde todo confluye en la fe, rogar al cielo esperanzados en que esta guerra fratricida no alcance de  nuevo a San José, que se imponga la razón, que devuelvan a Eusebio Almida, otro inocente sacrificado, otro más, ya monseñor Rubiano nos advirtió que el secuestro es una realidad diabólica, fe en el creador –nos exhorta finalmente, y eleva el dedo índice–: después de la oscuridad llega la luz, y, cosa realmente absurda, que nadie entiende de buenas a primeras, pero que todos escuchan y aceptan porque por algo lo dirá el padre, nos anuncia que el Divino Niño ha sido nombrado esta mañana figura religiosa nacional, que nuestro país sigue consagrado al Niño Jesús, oremos, insiste, pero, de hecho, ni él ora ni nadie parece dispuesto a corresponder con una oración.
  


   

sábado, 22 de enero de 2011

La sombra del licántropo

Autor: Hugo Chaparro

   Un apartamento silencioso, pulcro, estrecho por los libros que tomaban palmo a palmo el espacio de esa casa. La cocina, el baño, la superficie carcomida de un piano incomprensible y desvencijado –abandonado como la última ruina de un músico frustrado–, una mesa con el mapa quebradizo de un rompecabezas dibujado a medias, la habitación del señor Delgado en la que apenas se veían la cama y otra mesa de lectura, cada cuarta y cada cuarto, cada metro, estaban invadidos, asaltados por la clase de animal que se veía reflejado en otros animales, con otros caracteres y otras historias, imaginarias, fantasiosas e incluso reales, prescindibles o no, que al simple roce de sus lomos, de las tapas que guardaban con cuidado su cuerpo abultado hoja por hoja, se observaban en silencio unos a otros y formaban una imagen que crecía hasta llenar los anaqueles de una larga biblioteca que podía extenderse aún más, con el riesgo de expulsar de tal lugar a su instigador, su creador y su víctima. Un mundo ancho, feliz y jamás ajeno a quien quisiera descubrir, literalmente, en sus entrañas, el secreto contenido por monstruos generosos que respiraban en su polvo y sus tinieblas.
   Delgado no lo creía, no me esperaba y no lo entendía. Podría haber llamado. Avisarle. Averiguar en qué terreno mi presencia era grata o non-grata. Medir mis pasos y su rumbo o enrumbarlos a otra parte. Pero al verme a la puerta de su casa, pulsando con fervor y sin descanso aquel timbre, sus rasgos se doraron con la luz de un hombre compasivo, comprensible y generoso. El disgusto con el cual dejó escapar un agrio "¿Quién?" por la rejilla del citófono, se aplacó, fue domado por mi gesto trastornado, al borde del naufragio o lo que fuera.
   Bajó los cuatro pisos que apartaban su castillo de una calle iluminada con luz turbia, que acentuaba la penumbra y el aire flatulento de un sitio cercado y sitiado por aromas variables y variados: al vapor de un licor espeso y ureo o a la esencia trashumante y humeante, algo cítrica, de un desfile angustiante de mendigos, se mezclaban los olores –fritos, refritos, tostados– provenientes de pequeños restaurantes y de ventas callejeras de empanadas y pasteles de aratcacha, racachá o arracacha que en la calle eran siempre una sola y suculenta palabra alimenticia.
   No me preguntó qué sucedía, qué ocurría –o, según el uso y la costumbre de una antigua ciudad aseñorada, beata– a qué se debía el milagro. Mi visita no era un prodigio incomprensible, un suceso debido a poder divino, a cosa rara o maravillosa. Podía ser inesperada o imprevista, incluso extraña. Sorprender, aunque no del todo, a Delgado. Supuse que un ser mesurado como aquel lograba controlarse o resguardar su más honda timidez en las más inauditas circunstancias. Que podía, como un héroe de cómic o de cómix o historieta, de quadrinho –Rip Kirby, X-9 o el Perro Policía de Krazy Kat–, calcular con frialdad sus emociones o sus más descabelladas reacciones; enfrentarse a zorras leves o ligeras –de cascos y de todo–, tocadas por un verbo, cuando no fácil, ambiguo, con una mirada que bastara para congelar sus tretas de tramposas  boxeadoras, de muñecas juguetonas siempre  en trance de inventar las peores jugarretas. Pero aquello también ser una rápida y ligera invención mía –caso frecuente, la máscara, el que nadie quisiera ser lo que era–. Podía ser que nada de lo que imaginaba fuera verdad y sólo se tratara de otra forma de consuelo en un lugar que tal vez fuera bello, apacible, un paraíso, cuando alguien se inventaba una vía pasajera o permanente de ocultar o matizar las calles tristes de una ciudad simple. Escapar a través de los recuerdos y la imagen personal de una vida que guardaba sus tesoros –como el siempre alabado Tesoro de la Juventud–, tocando con leve calidez un lugar de nadie, querido siempre y cuando pudieran conjugarse, de algún modo, sus miserias, aunque se persiguiera algo sin encontrar nada.